Aprender el arte de amar

Amar es una palabra conocida en nuestro vocabulario pero desconocida en la teoría y en la práctica. Erich Fromm, en “El arte de amar”, uno de los libros más influyentes del pensamiento contemporáneo, se plantea si el amor es un arte o es una sensación placentera con la que uno se tropieza si tiene suerte en la vida. Fromm defiende la primera idea y postula que, si es un arte, al igual que la música, la pintura o la alfarería, requiere conocimiento y esfuerzo.

Sin embargo, si hablamos en particular del amor en pareja, mucha gente piensa que no tienen nada que aprender del amor, tal vez ni siquiera se han planteado nunca esa cuestión. Según Fromm, esto sucede por diferentes causas. En primer lugar, porque creemos que el problema del amor radica en ser amados, no en la propia capacidad de amar. Por ello, en vez de reflexionar sobre nuestra forma de amar, buscamos mil y una maneras de ser atractivos y volvernos dignos del amor de los otros. En la sociedad occidental las mujeres a menudo se miran en el espejo de los ojos de los hombres, los hombres miran sus músculos en el gimnasio, las consultas de esteticistas y cirujanos plásticos están a rebosar… Todo ello satisface nuestro narcisismo y al mismo tiempo nos “capacita” para ser amados. Es decir, si tengo dinero, poder o un cuerpo diez, puedo aspirar al amor de alguien similar o con características deseables. De ese modo, al igual que en el mundo mercantil, dos personas se enamoran cuando sienten que han encontrado el mejor objeto disponible en el mercado, dentro de los límites impuestos por sus propios valores de intercambio. Así, creemos que amar es sencillo, porque transformamos el amor en un objeto transaccional o algo con lo que se puede comerciar, en vez de verlo como una facultad. 

 

Según Fromm, el último error que nos hace pensar que no tenemos nada que aprender del amor radica en la confusión entre la experiencia inicial de “enamorarse” y la de permanecer enamorados pasado el tiempo. Esto tiene mucho que ver con la idea del amor romántico que nos muestran los medios de comunicación, las películas o las novelas televisivas, y que calan hondo al final en ambos sexos. Probablemente no hay experiencia de plenitud y felicidad más excitante y estimulante en la vida que la de dos personas que se conocen y se enamoran “locamente”. Ese milagro de súbita intimidad se multiplica cuando existe atracción y se consuma el contacto sexual, o cuando se ha vivido previamente aislado, sin amor. Cuando dos personas llegan a conocerse bien, ese milagro inicial de plenitud se va desvaneciendo y a menudo la rutina y la falta de capacidad de amar transforman la intimidad y el placer en aburrimiento mutuo. De hecho, en la práctica terapéutica se observa cómo muchas personas se separan o sufren porque “no se sienten enamorados” de sus parejas, como si el permanecer enamorados tuviera que ser equivalente al sentimiento casi adolescente de enamoramiento inicial, algo que además de una ingenuidad, es una falacia. En realidad, se ve la intensidad del apasionamiento inicial como la prueba de la intensidad de nuestro amor, cuando sólo muestra el grado de  soledad que teníamos antes de enamorarnos.      

 

Esta actitud de que no hay nada más fácil que amar, a pesar de las abrumadoras pruebas que muestran lo contrario, lleva cada día a cientos de personas a embarcarse en noviazgos, matrimonios, aventuras, etc. Probablemente no existe una empresa o actividad que se inicie con tantas ilusiones y expectativas y que fracase tan a menudo como el amor. Parafraseando a Fromm, si esto ocurriera con cualquier otra actividad, la gente estaría ansiosa de conocer los motivos del fracaso y de corregir sus errores, algo que paradójicamente no ocurre con el amor. 

El origen de esa búsqueda del amor se remonta a los orígenes del ser humano. Una vez que el ser humano fue consciente de sí mismo, y con él de la certeza del inicio y fin de la vida, durante milenios ha tratado de superar la angustia producida por el estado de separación (de la madre, de la pareja, de los hijos, de sus orígenes, muerte, soledad, etc). Lo ha hecho buscando la forma de trascenderse a sí mismo y realizarse a través de la unión: con el grupo, la familia, el amor a la pareja, a Dios, la unión en la realización de actividades artísticas y creativas, etc. Esa búsqueda de unión adopta formas inmaduras cuando solo persigue aliviar la angustia producida por el estado de separación. Así, algunas personas creen erróneamente que encontrarán ese alivio en la conformidad pasiva y no crítica con el grupo social o en actividades alienantes y adictivas como el consumo de drogas, alcohol, sexo compulsivo, juego, tv, etc. Sin embargo, ese alivio es engañoso y transitorio. También es común esa forma inmadura de unión en las parejas “simbióticas” (fusión en la que se pierde la propia individualidad), lo cual genera vínculos sadomasoquistas y de dependencia mutuos y dañinos.

 

El amor maduro, por el contrario, es la respuesta al problema de la existencia humana. Según Fromm, significa unión a condición de preservar la propia integridad e individualidadEl amor es un poder del alma, una actividad continuada que implica cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento hacia lo que amamos. Aunque obviamente existen diferentes tipos de amor (fraternal, maternal, erótico, religioso, etc), podríamos decir que el amor es una actitud, una orientación del carácter hacia el mundo en su totalidad. Si una persona ama solo a otra y es indiferente al resto de sus semejantes, su amor no es amor, es una relación simbiótica o un narcisismo ampliado.

 

Amar, al igual que vivir, es un arte que exige conocimiento y esfuerzo cotidiano, reflexión y práctica continuada. Para aprender a amar, el lema délfico “conócete a ti mismo” es un buen comienzo. No se puede amar a nadie si no sabemos amarnos primero a nosotros mismos (no me refiero a un amor narcisista, sino a la capacidad para aceptarnos, conectarnos con nuestras emociones y experimentar pensamientos conscientes y positivos). Sólo en la medida en la que me conozco, me siento, y en la medida que me siento, me doy. Sólo en la medida en que doy, recibo. Amar bien es fundamentalmente dar, porque en el acto de dar ya obtengo mi recompensa, la unión con el todo. En palabras de Erich Fromm, si amo realmente a una persona, amo a todas las personas, amo al mundo, amo la vida. Si puedo decirle a alguien “Te amo”debo poder decir “Amo a todos en ti, a través de ti amo al mundo, en ti me amo también a mí mismo”.

 

Bruno Alonso 

Psicólogo colegiado nº M-24641

www.psicologo-brunoalonso.com

 

 

Bibliografía:

Fromm, E. (2000 -original de 1956-). El arte de amar. México: Paidós  

 

Arte:

Cristina Gámez de la Fuente: "Al desnudo"

Gustav Klimt: "Adán y Eva"

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Comentarios: 2
  • #1

    Elena Liedo (jueves, 29 agosto 2013 13:01)

    Bueno Bruno!!!
    Rescato un montón de cosas, y estoy tannnn de acuerdo en esto....
    "Sólo en la medida en la que me conozco, me siento, y en la medida que me siento, me doy. Sólo en la medida en que doy, recibo"
    Gracias por la enseñanza

  • #2

    Álvaro (martes, 05 junio 2018 14:48)

    Muchas gracias por esta vieja entrada que he leído con toda la atención Bruno.

Bruno Alonso

Psicólogo Colegiado

M-24641

 

Centro Terapéutico Yuste

(Psicología)

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