La metáfora del caballo salvaje: Un cuento sobre la adolescencia

Inspirado por el uso terapéutico de las metáforas y los relatos, hace un tiempo escribí este pequeño cuento. Espero que os guste. 

 

Aquella mañana, Álex hablaba con Miguel, el educador del centro de menores donde Álex tenía que ir durante el día, a pesar de que estaba a una hora de casa y debía levantarse temprano. Alex estaba muy quemado, la noche anterior había salido y había fumado y bebido más de la cuenta. Por la mañana se quejaba de su suerte. Tenía 16 años y le molestaba tener que ir a ese centro, cuando el robo lo hicieron entre cuatro… Sin embargo al que pillaron fue a él, y ahora, mientras salía el juicio tenía que presentarse todos los días en el centro de día para menores. Sin estudios, sin futuro, con amigos que le traicionaban… Hoy lo veía todo negro y quería desaparecer, mandarlo todo muy lejos, dedicarse a vivir y a hacer lo que le diera la gana sin que nadie le repitiera lo que tenía que hacer, sin nadie que no confiara en él, sin nadie que le traicionara… Mejor estar solo a  mal acompañado, repetía entre dientes.

Miguel escuchaba atentamente a Álex y, después de que el joven se hubiera desahogado, le preguntó: “¿conoces la metáfora del caballo salvaje?. Escúchala, tal vez te ayude en un día como hoy“

“Hay pocas cosas tan impresionantes como ver a un caballo salvaje en libertad, nos impacta su fuerza, su libertad para trotar por las praderas y las montañas, verlo correr junto a otros caballos salvajes, su relincho a los cuatro vientos, su figura levantado a dos patas. Tienen individualidad y poder dentro de la manada, hay muchos caballos que corren sobre la hierba, que beben del río tranquilamente en un devenir aquí y allá bajo el atardecer del valle…

Guirlache era uno de esos caballos antes de la doma.  El día en que lo capturaron fue tal vez el peor día de su vida, llegaron cuatro hombres montados en caballo con sombreros de vaqueros y uno de ellos le echó el lazo en una carrera en la que Guirlache corrió y se defendió como nunca lo había hecho. Soltó coces a diestro y siniestro, se levantó sobre sus dos patas, relinchó con furia aunque todo eso no le sirvió de nada, aquellos hombres sabían lo que se hacían, y lo cansaron hasta que Guirlache, agotado, cayó exhausto y presa de la frustración se abandonó a su suerte. Atado dentro de un camión, lo llevaron a un rancho que estaba a varios kilómetros de las montañas donde él había sido feliz en libertad. Aquel día se sintió frustrado, furioso, impotente, pero lo peor estaba aún por llegar. Le encerraron en un cubículo y cada día le obligaban salir y obedecer las órdenes de Matías el susurrador, un hombre muy extraño que le hablaba muy bajito al oído. Al principio Guirlache se resisitió a obedecer, trataba de zafarse con furia de aquella incómoda cuerda atada a su cuello y cabeza, e incluso recibió latigazos para que obedeciera. Pero él no estaba acostumbrado, era un caballo salvaje y los caballos salvajes solamente obedecen a la ley del sol, de la montaña y de las cuatro estaciones.

Sin embargo pasaron las semanas y Guirlache empezó a aprender cosas nuevas, ya sabía dar vueltas alrededor de Matías. Aquel hombre ejercía una extraña influencia sobre él, parecía como si le hipnotizara con sus susurros y su tranquilidad, parecía querer transmitirle que era su amigo y que no le iba a hacer daño.  Guirlache lo entendió el día que Matías se tumbó sobre su lomo y confió en un caballo salvaje que podría aplastarle con toda su fuerza. Matías le daba muestras de confianza que Guirlache apreciaba.

Un buen día, tras varios meses,  Matías le susurró que ya estaba preparado para volver a la montaña y al valle, así que lo ensilló y cabalgó sobre él por aquellos caminos que Guirlache había recorrido meses atrás en total libertad. Sin embargo, sentía una dicha que no sabía explicar. No se sentía preso, no sentía añoranza de su vida en libertad ni tampoco echaba de menos el no tener normas ni obligaciones. Matías le había enseñado una disciplina que le gustaba cumplir y que además le permitía recibir caricias, cuidados y llevar unas comodísimas herraduras.  

Sin embargo, el destino de Guirlache no estaba en las laderas y el valle. Lo supo el día que conoció a Clara, aquella niña de seis años que vino a la granja. La trajeron sus padres tras probar muchos tratamientos para que Clara aprendiera a sonreír tras nacer con parálisis cerebral. Guirlache había mirado a Matías preguntándole qué debía hacer. Matías, hablándole en el idioma de los caballos le dijo que ese iba a ser su nuevo trabajo, que los humanos lo llamaban equinoterapia, que significaba en el idioma equino “ser los ojos, la fuerza y el equilibrio de las personas enfermas”. Guirlache sintió una emoción sin límites cuando Clara subió en su lomo. Con mucho cuidado paseó con ella y con Matías por el rancho hasta que la niña sonrió como nunca antes lo había hecho. Sus padres lloraban de la emoción y el caballo sintió algo parecido a un nudo en la garganta, en vez de reír relinchó con fuerza echando aire por la nariz acompañando la risa de Clara y de Matías.

Clara fue la primera de una larga lista de personas enfermas, amigos y amigas para las que Guirlache fue “sus ojos, fuerza y equilibrio”. Su antigua vida de caballo salvaje pasó a ser la de un caballo domado con una vida llena de sentido.

-“Buah, muy bonito-dijo Álex- pero eso es una chorrada, chaval. Yo paso de que me domen, para eso me quedo en las montañas. Además, ¿alguien le preguntó a Guirlache si quería acabar así?, ¿a que no? ”

- Miguel asintió, y mirando de nuevo al muchacho respondió “Es cierto que Guirlache no pudo elegir su destino. Sin embargo tú sí puedes hacerlo. Tú decides, vivir tu vida de manera salvaje o trabajar tu disciplina y aprender algo que te guste, algo que convierta tu vida salvaje en una vida llena de sentido. Nadie te va a “domar”, eres tú el que eliges, aunque seguro que encontrarás amigos que te ayuden y algún “susurrador” por el camino que te ayude a confiar en ti mismo”.  

 

Bruno Alonso

Psicólogo colegiado nº M-24641

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